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El peso emocional de la FIV para el que nadie te prepara

Dan

Todo el mundo habla del lado médico de la FIV. Protocolos, dosis, analíticas, ecografías. Nadie te prepara para lo que pasa en tu cabeza y en tu corazón.

El punto más bajo no fue donde esperábamos

Habríamos pensado que el momento más duro es después de un fracaso. Cuando recibes la noticia de que los embriones no sobrevivieron. Cuando el test de embarazo es negativo. Cuando el ciclo no funcionó.

Y sí, esos momentos son devastadores. Pero para mi mujer, el momento más duro era antes de cada nuevo ciclo.

Antes de empezar un ciclo, hay un periodo de preparación. Médicamente, es sencillo - analítica, ecografía basal, esperar a la regla. Pero psicológicamente, es una pesadilla.

Es el momento en que te das cuenta de que empiezas de nuevo. Otra vez. Con las mismas inyecciones, los mismos viajes a la clínica, las mismas esperanzas frágiles y el mismo miedo inmenso. Y con el recuerdo de cada fracaso anterior pesando sobre tus hombros.

Cómo se veía en la práctica

Para mi mujer, el periodo antes de cada ciclo estaba marcado por:

  • Ansiedad constante - pensamientos intrusivos sobre qué podía salir mal, escenarios catastróficos, incapacidad de concentrarse en nada más
  • Alimentación emocional - la comida se convirtió en un mecanismo de afrontamiento, lo único que todavía ofrecía una forma de consuelo inmediato
  • Aislamiento - no quería ver a nadie, no quería responder preguntas bienintencionadas pero dolorosas como “y bueno, ¿pensáis tener hijos?”
  • Síntomas depresivos - falta de energía, falta de motivación, tristeza persistente, llanto sin razón aparente
  • Insomnio - noches pasadas pensando en lo que será o lo que ha sido

No hablamos de “tristeza pasajera.” Hablamos de un patrón que se repetía, ciclo tras ciclo, año tras año.

La presión invisible

Hay presión que viene de fuera y presión que viene de dentro. Las dos son aplastantes.

Desde fuera:

  • Familia y amigos preguntando constantemente “y bueno, ¿para cuándo el bebé?”
  • Amigas quedándose embarazadas aparentemente sin esfuerzo
  • Redes sociales llenas de barrigas, partos y recién nacidos
  • Comentarios bienintencionados pero devastadores: “relájate y ya vendrá solo,” “quizá no estaba destinado a ser,” “todo pasa por algo”

Desde dentro:

  • La sensación de fracaso - “¿por qué a nosotros no nos funciona?”
  • La culpa - “quizá si hubiera hecho algo diferente, si hubiera sido más sana, si…”
  • La pérdida de identidad - la FIV se convierte en lo único en lo que piensas, el único tema, el único propósito
  • El miedo a tener esperanza - después de múltiples fracasos, cada vez cuesta más creer que funcionará

Lo que le pasa a la relación

No vamos a adornar esto: la FIV pone a prueba una relación de maneras que no puedes imaginar.

Hay momentos en los que estáis en sintonía y momentos en los que ni siquiera habláis el mismo idioma. Momentos en los que lloráis juntos y momentos en los que uno está “bien” y el otro se está derrumbando, y no entiendes por qué.

También hay un desequilibrio físico fundamental: mi mujer era quien tomaba la medicación, se ponía las inyecciones, iba a las ecografías, se tumbaba en la mesa para la punción y la transferencia. Yo era “el que espera.” Y las dos posiciones son terribles, cada una a su manera.

Mi mujer se sentía sola con el dolor físico. Yo me sentía impotente. Y ninguno de los dos sabía cómo ayudar al otro, porque ambos necesitábamos ayuda al mismo tiempo.

Lo que habríamos hecho de otra forma

1. Habríamos buscado ayuda profesional desde el principio

No después del primer fracaso. No después del tercero. Desde el principio. Un psicólogo o terapeuta especializado en fertilidad no es un lujo. Es una necesidad. Tan importante como el doctor de reproducción.

2. Habríamos hablado más abiertamente entre nosotros

Asumimos durante mucho tiempo que “el otro lo sabe.” Que es obvio lo difícil que es. No es obvio. No porque al otro no le importe - sino porque cada persona vive el dolor de manera diferente y lo expresa de manera diferente.

Las conversaciones difíciles - sobre los miedos, sobre los límites de cada uno, sobre “qué hacemos si nunca funciona” - son las conversaciones que salvan la relación.

3. Habríamos puesto límites

Límites con la familia: “Dejad de preguntar. Os diremos cuando tengamos algo que contar.”

Límites con el proceso en sí: días en los que no hablamos de FIV. Actividades que no tienen nada que ver con la fertilidad. Recordatorios de que somos una pareja, no solo “pacientes.”

Límites con las redes sociales: dejar de seguir, silenciar, lo que haga falta para proteger tu espacio mental.

4. Habríamos sido más amables con nosotros mismos

Habríamos soltado la culpa antes. Habríamos aceptado que a veces un día pasado en la cama, llorando, está bien. Que no tienes que ser fuerte todos los días. Que no estar bien no significa ser débil.

No estás solo

Si estás leyendo esto y te ves reflejado - si sientes la ansiedad, si comes cuando no tienes hambre, si lloras sin razón, si te sientes perdido - quiero que sepas una cosa: no estás solo.

Millones de parejas pasan por esto cada año. Y casi todas se sienten igual de aisladas que nosotros. Porque nadie habla de esta parte. Todo el mundo habla del “milagro de la FIV” y nadie habla del precio que pagas - no solo económicamente, sino emocionalmente.

Está bien no estar bien. Está bien pedir ayuda. Está bien tomarse un descanso. Está bien pensar en alternativas. Está bien decidir que ya es suficiente.

Lo único que no está bien es pasar por esto solo.

Referencias


Este es el último de una serie de artículos sobre nuestro camino con la FIV. Hemos compartido lo que aprendimos a lo largo de 6 ciclos, tres clínicas y cinco años - no como consejo médico, sino como el relato honesto que ojalá hubiéramos tenido cuando empezamos.

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Dan